Daphne | Sin categorizar
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Carlos Navarrete 2013

CARLOS NAVARRETE,  (2013)

«Y es que buena parte de la fuerza del color que habita en su obra proviene de su ser interior, siendo entonces su trabajo como artista visual el reflejo de esa luz que lleva dentro.»

 

 

 

Carlos Navarrete

 

 

La Fuerza del Color en la pintura de Daphne Anastassiou.

 

“En la percepción visual casi nunca se ve un color como es en la realidad, como es físicamente. Este hecho hace que el color sea el más relativo de los medios que emplea en arte.”

Josef Albers

 

Vivimos en un mundo lleno de colores y curiosamente optamos por ciertos cromatismos que no hacen sino que reducir el amplio universo que la naturaleza nos ha otorgado. El color es luz y como tal, su comportamiento depende de nuestra percepción y de cómo ellos comparecen ante nuestra mirada, la que siempre tiende a confundirnos precisamente por esa relatividad que tiene este fenómeno cuando deseamos capturarlo. El pintor alemán Josef Albers (1901-1995), dedicó gran parte de su vida al estudio de este fenómeno a la manera de una teoría cromática capaz de ser enseñada y en cierto sentido en un generoso intento por hacernos sensibles a esta manifestación. Tal vez por ello sus ensayos se hicieron populares a partir de los años cincuenta en la Norteamérica que a pasos agigantados mostraba su desarrollo al mundo, expandiendo su rango de operaciones más allá de sus fronteras. Este dato no menor, explica en parte, los viajes de este artista y su esposa Anni Albers (1899 – 1994) por Latinoamérica, buscando propagar este modelo de enseñanza y a la vez, estudiando nuestra cultura pre colombina.

 

Hace algunas semanas atrás recibí la invitación de la artista Daphne Anastassiou a visitar uno de sus talleres en el sector poniente de Santiago y al entrar en el amplio galpón industrial -que hace las veces de refugio para su arte-, la imagen de este creador germano vino a mi memoria como el santo y seña de un arte comprometido con la necesidad vital de expresarse a través de la fuerza del color. Ya que al hacer un rápido recorrido por el sector en donde ella afanosamente trabaja, cada uno de sus lienzos me parecieron certeros testimonios de una artista que busca en la energía cromática, retratar al ser humano en su estado más puro, me atrevería a decir que primigenio. De ahí entonces que varios de los trabajos ejecutados en gran formato, me fuesen mostrando como es la construcción de naturaleza humana y los estados de ella. A veces, llena de luz y pureza, en otras apegada a la tierra, e incluso en algunos trabajos me pareció observar la efigie de un ser en plena armonía con su entorno natural. Hecho este último que me condujo a pensar en la capacidad de la pintura de Daphne Anastasssiou por querer retratar cada uno de los estados del cuerpo humano y su alma con la osadía del color, sin por ello hacer que cada una de estas masas abandonasen su forma terrenal.

 

Durante mucho tiempo la figura de J. Albers sobresalió por sobre la de su esposa Anni, sobretodo si pensamos en la influencia que él ejerció como profesor en el Black Mountain College y luego en la escuela de arte en Yale (1). Sin embargo, hoy en día se hace evidente la importancia de Anni Albers en el arte de Josef y en la decisión de viajar por Sudamérica

 

 

(2).un ejemplo de ello es la bella producción de textiles con motivos geométricos, que la artista pacientemente fue trabajando a la sombra de su esposo, claramente inspirados en las geometrías pre colombinas, nativas de las naciones que el matrimonio había visitado. Esta actitud permite adentrarse en el nada despreciable mestizaje de la forma y el color venidos de nuestro paisaje a su forma de ver.

 

Al conversar animadamente con Daphne en su taller sobre sus motivaciones y fases creativas, uno de los aspectos que llamó mi atención fue el valor que ella otorgaba a la observación del ser, en un temple que iba más allá de lo religioso, político y económico. Porque su interés en retratarlo iba por el derrotero de captar no solo su esencia como persona, sino que también el apego de esta naturaleza humana a su paisaje, arquitectura o de modo más general al territorio. “Los colores sanan” (3), me espetó en una parte de nuestra conversación, y en cierto sentido al ver cada uno de los cromatismos en que están dibujados los cuerpos que habitan estas obras, es posible comprender el sentido de su aseveración y a la vez, como ella ha sido capaz de condensar la luz interna que llevamos con nosotros por medio del gesto y dinamismo que construyen su pintura.  De ahí entonces, no es de extrañar hallar obras en donde la intensidad de los colores estuviese contenida por los sueltos trazos ejecutados en pastel graso, como si con tal proceder la artista marcase un tiempo en la hoja de vida del retratado, a la manera de un diario de vida.

 

Al igual que el arte textil de Anni Albers, me pareció advertir en el gesto de Daphne un intenso deseo por ir tejiendo la historia del retrato de América a través de las temperaturas de su paisaje, reflejados en las siluetas de los cuerpos y torsos que animadamente se dejan ver en la superficie de la tela o los trabajos sobre papel.

 

También me sorprendieron pinturas en donde las capas de color estaban trabajadas como si se tratase la superficie pictórica -lino montado sobre madera- de un modo más cercano al grabado en metal o el arte de la orfebrería que la faena propia de un pintor de caballete. Ya que varias de las texturas, empastes y desgastes que lucen algunos de sus trabajos, son posibles gracias a este conocimiento lejano, a las aguadas y veladuras propias de la vida al interior del taller de pintura. Lo anterior, de una manera sintomática, la acerca a la obra de J. Albers, porque muchos de sus trabajos de la serie “Homenaje al Cuadrado”, fueron realizados sobre masonita -madera aglomerada-, para dar más coherencia al estudio cromático planteado, en un sentido de hacer visible la masa del color y su relatividad ante nuestra observación.

 

Por lo mismo si pensamos en la pintura como un lenguaje dedicado al color, descubriremos con sorpresa que son pocos los artistas que han dedicado sus esfuerzos a este acápite. Además de los artistas ya citados debemos mencionar las figuras ineludibles de Paul Gauguin (1848-1903) y Henry Matisse (1869 – 1954), quienes hallaron en el exotismo del paisaje -Tahiti y Marruecos, respectivamente- el camino para iluminar los

 

 

 

retratos y paisajes que pueblan lienzos. Algo que la pintura de Daphne Anastassiou ha sabido beber, viajando de un taller a otro. Es decir,  desde el sol intenso de la tarde en su estudio en Mapocho a la luz diáfana y brillante de su espacio en Vespucio Norte, transitando en este ir y venir en una urbe cegada por el gris del asfalto y el macizo andino.

 

Hecho que me lleva a sostener que en el trabajo pictórico D. Anastassiou se evidencia la notable  reflexión de Oskar Schlemer cuando señala: “creo que buena parte de mi desasosiego se debe a que me dejo fascinar en seguida y con gran facilidad por aquellas posibilidades fascinantes; de tal manera que creo llegar al todo”. (4)  Y es que buena parte de la fuerza del color que habita en su obra proviene de su ser interior, siendo entonces, su trabajo como artista visual el reflejo de esa luz que lleva dentro y al mismo tiempo, el deseo de comprender la naturaleza humana por medio del cromatismo en un estado de máxima intensidad, tal vez como el gesto de exaltar el fuego -luz-, que hay dentro de cada uno de nosotros. Dado que para ella, el desasosiego de estos cuerpos en los lienzos, son a fin de cuentas el vivo retrato de una artista que celebra la vida como un evento digno de ser anunciado.

 

Carlos Navarrete

Santiago de Chile, noviembre  2013

 

 

 

Notas :

 

1.- En estricto rigor, Josef Albers luego del cierre de la BAUHAUS en Alemania emigró a Estados Unidos, convirtiéndose en profesor del Black Mountain College desde 1933 a 1949. Luego de 1950 a 1958 fue profesor en el departamento de Diseño en la Universidad de Yale. Residiendo hasta su fallecimiento en New Haven.

 

2.- En su cronología de viajes se debe destacar: en 1939, Josef y Anni Albers viajan a México, luego en 1941 pasan un año sabático en Nuevo México y México. En 1968, Josef Albers obtiene el gran premio en la III Bienal Americana de Grabado, realizada en Santiago de Chile. Para una mayor información sobre el particular, véase : http://www.albersfoundation.org

 

3.- Carlos Navarrete en conversación con la artista. Noviembre. Santiago, Chile

 

4.- Oskar Schlemer, “Diario 25 de junio de 1923” en Escritos sobre Arte: pintura, teatro, danza, cartas y diarios. Ediciones Paidós. Barcelona, 1987. p.68

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Gina Benvenuto 2011

GINA BENVENUTO,  (2011)

 

«Pinta la luz, el color, la llama y el flujo de la vida.»

 

 

 

Gina Benvenuto

 

 

Todos los fuegos, el fuego

 

COMO UNA “PROMETEA” FEMENINA,  MODERNA, LA ARTISTA DE ORIGEN GRIEGO PINTA,  Y AL HACERLO REGALA  EL FUEGO VITAL QUE FLAMEA Y LLAMEA EN TODA VIDA HUMANA.

 

Pinta la luz, el color, la llama y el flujo de la vida.  Es el robo a los dioses del fuego mítico para iluminar al hombre – oscuro y oscurecido- en las poluciones de su alma, lo que la artista Daphne Anastassiou regala a los espectadores de su arte.

 

Es la “Prometea” femenina prometiendo el deber y el derecho al fuego interno de cada niño, mujer u hombre de esta tierra.  Algo de una voluntad mesiánica se transparenta en su intensa y emotiva gestualidad pictórica.  Somos energía portadora del fuego que es divino y que es humano.

 

El flujo del universo, – el regalo robado a los dioses- se hace bloque antropomórfico de electrificados colores.  Es el flujo conciente- inconsciente que explota y se hace figura: Racimos de seres humanos diferenciados cada uno mediante el trazo del lápiz, pero de alguna manera uniformados, asimilados mediante el uso del color.

 

De gran formato e intensa luminosidad sus cuadros promueven y remueven intensas sensaciones, actualizando y traspasando su profesión de fe en las energías vitales y los principios últimos y trascendentes de todo lo humano, que es previsto y provisto desde lo divino.  El fuego, si vino de los dioses, se queda entre los hombres.  El más acá y el más allá mediados e interconectados.

 

Uno de sus trabajos “Encuentros” que tiene algo de los “sersajes” (paisajes del ser) de Matta – quedó, como ilustración en la tapa de un libro de las Naciones Unidas.

 

Es sicóloga de profesión, pero es ante todo una entusiasta creadora que ve en el arte y en el juego fértiles posibilidades para un desarrollo completo y libre de cada individuo.  Es como si la libertad fuese el terreno propicio para la singularidad, una singularidad que se promete bella y buena porque tiene algo de divina.

 

 

Gina Benvenuto

Santiago, Chile, 2011

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Natalia Arcos 2010

NATALIA ARCOS,  (2010)

 

«La traición a la representación realista del mundo visible es en Daphne Anastassiou, el motor explorador del subconciente, el que la hace reventar también la superficie del cuadro.»

 

 

Natalia Arcos

 

 

Pintura en trance continuo.

 

1.- Apenas la encontré por primera vez, supe que Daphne Anastassiou era una exploradora.  Corresponde a la categoría de seres humanos que prefieren adentrarse en lo desconocido más que a construir, negociar o medir. “Traicionan”, como dice un personaje de Milan Kundera en la Insoportable Levedad del Ser, porque abandonan lo conocido por ir hacia lo desconocido.

 

2.- La traición al mundo aprehensible es, entonces, el motor del dinamismo explorador del subconsciente que la hace reventar también la superficie del cuadro.  Me recuerda a Matta en sus referencias antropomorfas, en esas convulsiones y torbellinos, transparencias y opacidades, esas “morfologías sicológicas” que responden a una composición trance, donde los paisajes interiores emergen inquietantes e incómodos.

 

3.- Porque la de ella no es una pintura simplemente “bella”. Ni menos decorativa. Que a nadie le confunda el colorismo. Por algo estamos escribiendo y pensándola. El conjunto de su obra se me aparece como un solo corpus continuo, un canal abierto hacia una esfera mayor, una apertura muy concentrada, muy fluida,  llena de comunicación: uno tras otro, sus cuadros se suceden como capas enriquecedoras del mismo mensaje. Pero no solo está ligada a la luz universal; es más, me parece que el suyo es un trabajo cuya raíz es absolutamente corporal.

 

4.- No la he visto trabajando en su taller; sin embargo, sé que su cuerpo entero está en cada cuadro. Percibimos su estado meditativo porque sus pinturas son caos abiertos encuadrados (nunca mejor dicho) en un sentido lógico. “Aterriza” eso que llamamos emociones. Pero qué son las emociones?  Son golpes bajos, fuerzas atrayentes, sacudones, pequeñas vibraciones dulces.  ¿Por dónde bajan hacia nosotros? Por nuestro cuerpo.

 

5.- Entonces cada pincelada feroz, cada cándida mancha, cada intenso brochazo, cada línea firme, es su cuerpo contándonos lo que vive. Su mano, su brazo, su hombro, su cabeza, su cuerpo todo se siente allí. Es su cuerpo, sí, percibiendo, es su cuerpo, sí, jugando, es su cuerpo, sí, explorando.

 

6.- Volvamos a la traición. Daphne abandonó la opción de la representación a la medida del mundo visible que nos rodea: su trabajo sobre la tela es un ejercicio gestual y sicológico intenso,  del cual nunca se sabe cómo comenzará ni cómo terminará.  Es la plasmación de sensaciones, guiada por la intuición en estado puro.  Pero esas imágenes, ¿a nosotros de qué nos sirven?  Nos sirven para confirmar que compartimos un sustrato común ante la experiencia humana.  Su obra tiene mucho también de las primitivas

 

 

 

 

 

pinturas rupestres: son testimonios directos de que estamos vivos y necesitamos constatarlo para la posteridad.

 

7.- Vemos siluetas emergiendo a través de  bloques de colores intensos. A veces hay alegría, a veces hay tristeza,  a menudo ambas emociones conviven en armonía.  Sin ser en absoluto representaciones realistas,  sus pinturas sin embargo también pueden pensarse como fotografías, ya que capturan momentos precisos, específicos, como si fueran instantáneas. Y además, si las pensamos como aterrizajes pictóricos de conexiones cósmicas, ¿no son acaso “Dibujos de Luz”?… es decir, “Fotografías”?

 

8.- Entonces se me ocurre que sus cuadros, uno tras otro, son documentos.  Documentos de emociones, de vivencias, de momentos que  la gran mayoría entiende como estados cotidianos sin relevancia. Pero Daphne sabe de la grandeza que contiene cada situación, cada coincidencia, cada circunstancia, cada acto como regalo del Universo.  Y los documenta en grandes cuadros.

 

9.- Así que ella no es la de siempre cuando pinta; ella es más Ella que nunca cuando pinta.

 

 

 

Natalia Arcos Salvo

Santiago, Chile,   agosto 2010

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Edward Shaw 2010

EDWARD SHAW,  (2010)

 

«Su obra es una celebraciòn de la alegría, del color y la tensión de la forma.  La artista se entrega totalmente en el proceso y aspira hechizar  a los espectadores:  un encantamiento que conjure eternamente alegría y unión a partes iguales»

 

 

 

Edward Shaw

 

 

Pintando entre líneas.

 

Daphne recurre a su condición de mujer, su herencia griega, su conocimiento de la psicología y su talento en bruto para plasmar su esencia en la tela. El resultado visual de su rica experiencia es una vibrante muestra de creatividad cósmica que baila en armoniosas tonalidades de colores brillantes, a través de la superficie de sus pinturas.

 

Daphne  expresa su profunda sensación de alegría ante el poder del arte para enfocar el frenesí de sus sentimientos. La flexibilidad, el movimiento y el brío de la danza le dan carácter a sus pinceladas, a sus intenciones y visiones. Ella  busca inspiración más allá de los límites de su mente, de sus emociones y de su cuerpo: procura alcanzar aquel territorio donde todos los atributos humanos convergen en una búsqueda espiritual de  la comprensión.

 

La conquista de esta síntesis motiva su ansia por escarbar en los más profundos recovecos de su interior y permitir a su mano palpitar al ritmo que determine el resultado, transformando los materiales rutinarios de artista en un desfile de intervenciones cromáticas que convierten las ideas figurativas en diseños abstractos, y las intuiciones abstractas en símbolos velados de imaginería reconocible.

 

El resultado final de su invasión a una superficie otrora inmaculadamente blanca es el vistazo de una mujer sobre lo que en verdad importa: la resolución personal del eterno dilema del pintor a través del conocimiento de la técnica y la aplicación de las habilidades manuales.

 

Durante mucho tiempo, Daphne mantuvo su arte para sí misma, sintiéndose quizás incómoda de mostrar sus sensaciones más íntimas en la forma de sinfonías personales sobre una tela. La música y el movimiento toman parte en su composición, mezcladas en el contexto de ella misma como un ser sensible en constante movimiento. Distribuye sus colores en diseños que surgen de ese estado místico en el cual se encuentra en el momento de la acción, aquel instante en que la energía se convierte en arte.

 

No obstante, su trabajo no es un rompecabezas: no estamos aquí intentando encontrar formas reconocibles. Éste no es un juego como el de descubrir fugaces formas de animales en las formaciones fluctuantes de las nubes. La estructura surge a partir de las capas superpuestas del deseo de Daphne por informarnos de lo que siente, de lo que está intentando para contribuir a nuestro crecimiento, ya sea visual o emocional, a través del impacto que nos provocan sus pinturas al verlas por primera vez. La primera impresión es la que permanece, la que penetra más allá de los ojos de la mente. Lo que sigue es una forma de autocomplacencia visual, que procura un placer pasivo al gratificar nuestros sentidos. Sin embargo, Daphne apunta a una conquista instantánea, amor a primera vista.

 

 

 

La gente busca lo que puede reconocer en las pinturas figurativas. Necesita saber la cantidad de horas, de días que requirió el artista para terminar la pintura. La ética del trabajo prevalece, incluso en el arte. Al final de cuentas, los grandes artistas son una combinación de su talento y originalidad, y su habilidad para hacer sus pinturas lo suficientemente parecidas en estilo y contenido unas con otras, de modo que el observador promedio puede enviar a su cerebro el mensaje que está observando un Picasso o un Warhol. Daphne no está interesada en ese método; su formación la conduce por un camino diferente.

 

La abstracción pura es algo más. El atractivo es básicamente color y combinaciones de colores. Una composición adecuada pone los ojos a girar como una máquina tragamonedas hasta que la banda de símbolos se detiene en uno de ellos; cuando los tres símbolos en línea son iguales, ¡es el gordo! En términos de arte, esto sucede cuando las imágenes de un pintor abstracto se quedan grabadas en nuestra memoria visual. Tal como la pintura figurativa va del hiperrealismo al expresionismo libre, el arte abstracto va desde el hard edge al expresionismo; por ejemplo, el estilo de la Escuela de Nueva York en los ’50. Los dos enfoques pueden bifurcarse al tomar ingredientes de ambas recetas.

 

Daphne comienza en los límites de estos expresionismos gemelos. Sus pinceladas evolucionan hacia figuras apenas discernibles y nubes flotantes de color. Ella superpone ambos expresionismos de manera intuitiva, casi instintiva, sin mayores diseños preconcebidos. Muchos artistas empiezan con una idea racional de lo que quieren logran en la tela, sea esto una persona en cualquier grado de digresión de su figura, o una muestra de colores representándose sólo a sí mismos en una yuxtaposición de unos y otros. Muchos artistas dicen también que en algún punto la propia pintura tomará posesión del proceso y se convertirá en la fuerza orientadora detrás del resultado final. Es justamente esta combinación de propósito y permeabilidad la que permite al pintor capturar un destello de lo desconocido, de lo que no es posible ver en su trabajo.

 

Daphne sigue las fuerzas interiores que la impulsan hacia su búsqueda. Al enfrentar la tela en blanco, siente la necesidad de grabar determinadas sensaciones en la pintura. Y estas sensaciones son sólo eso, no son imágenes específicas. Espontáneamente, un chorro de color cubre una esquina, otro el centro, otro acaricia al primero, y el juego se pone en marcha. A medida que el color converge en la tela, la pintora concibe el embrión de una forma, una silueta. Lo afina y entonces ésta se convierte en una figura amorfa. Repite el proceso y las primeras manchas de color ya no pueden ser identificadas con claridad, han sido integradas al todo, hasta el trabajo final que en algún momento colgará del muro de una galería.

 

 

 

 

 

 

El proceso tiene un comienzo delicado, como una semilla que asoma su primer brote. El organismo crece y da sus frutos. Es en este preciso instante en el que Daphne quiere detener la evolución de su pintura. Un chispazo de intuición, una voz interior que grita “¡detente!”, y el pincel se detiene en el aire y aborta su encuentro con la tela.

 

El trabajo de Daphne es una celebración de la alegría del color y la tensión de la forma. La dicha aparente puede ocultar pesar, la tensión puede contraerse o disolverse. Daphne no puede identificar cada una de las emociones en su trabajo, como tampoco puede estar segura de cuál forma se está proyectando en la percepción del espectador. Ella se entrega totalmente en el proceso y aspira a hechizar a los espectadores: un encantamiento que conjure eternamente alegría y unión, en partes iguales.

 

 

Edward Shaw

Tunquén, Chile – Agosto, 2010

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Curatoría Mario Fonseca 2009

MARIO FONSECA,  Curador independiente (2009)

 

» La densidad que vemos en las piezas de Daphne Anastassiou la constituye la sucesión de incursiones que han pasado a través del soporte impregnándolo de memorias y promesas, sobre las cuales la artista trazará más tarde el perfil de sus protagonistas.»

 

 

Daphne Anastassiou y la pintura.         

 

La pintura es convertir el plano de la tela en horizonte; es por lo tanto una ficción. Desde el realismo más estricto hasta el abstraccionismo monocromático, el propósito del pintor parece ser consignar un fragmento del Universo en una superficie bidimensional. Por más que no lo logre, su intento es ése; es esa sola posibilidad la que moviliza sus esfuerzos, sus aptitudes, su vocación. Más aún, desde antiguo, la impronta en el muro ha sido la interfaz con lo desconocido –fuera ominoso o auspicioso–, el conjuro de los espíritus, el gesto de trascendencia. La pintura ha sido la huella de aquello que pudo ser en el pasado tanto como la huella de lo que podría ser en el futuro, ambas marcadas siempre en un mismo momento, el presente. Pintar es el presente de todo lo posible, sea imaginado o tangible, y en tanto el presente es constrictor del tiempo, el soporte de la pintura sólo puede ser bidimensional, pues debe congelar volúmenes y desplazamientos para indicarlos. Circunscribir la pintura al presente, esto es, al presente del artista, otorga una libertad infinita en la aprehensión del Universo.

 

La pintura de Daphne Anastassiou puede ser vista desde estos parámetros; es más, los planteamientos precedentes surgen de un recorrido por su pintura. Sus cuadros están insertos en un periodo único de poco más de diez años, sin mayores antecedentes salvo una atracción permanente hacia el arte. Atracción que la lleva a seguir un taller de desarrollo personal impartido a través de la expresión plástica, y el cual termina por dar paso a su vocación latente. De pronto, el transcurso del tiempo en Daphne Anastassiou se detiene en un punto del presente y se expande irrefrenable en todas las direcciones de un plano sin perímetro sobre el cual ella no cesa de pintar. Consciente del estado de suspensión momentánea de la eternidad, la artista abre un diálogo con los instantes que la conforman y por los cuales fluyen las constantes y los imponderables del cosmos. La sabiduría le indica que nada urge y que incluso una sola respuesta podría integrar todas las demás, pero el intercambio es generoso y las obras se suceden una tras otra. Los colores hacen evidente esta persistencia y esta intensidad.

 

Para registrar el devenir del Universo el plano de la tela debe hacerse transparente. La densidad que vemos en las piezas de Daphne Anastassiou la constituye la sucesión de incursiones que han pasado a través del soporte impregnándolo de memorias y promesas, sobre las cuales la artista trazará más tarde el perfil de sus protagonistas. Son manchas gestuales cuya materialidad varía indistintamente del empaste a la aguada integrando las texturas y transparencias a la elección de los pigmentos, en un proceso que denota una rica improvisación: la libertad del caos como clave del orden fractal subyacente. Al convocar el cosmos, el Universo, no hay un modo establecido de pintar. La virtud de la artista es haber estado dispuesta en el momento cabal para incidir en los siete puntos cardinales, cuyo umbral sólo se hace perceptible en un instante dado, único, y cuyas orientaciones pueden prolongarse por un segundo o por los diez, once años o más que lleva siguiéndolas, para caducar también súbitamente, en otro momento en el cual ella esté dispuesta por igual. Daphne Anastassiou pinta entonces, visto desde el lado de acá, como si hubiese pintado siempre, si bien en un sólo presente, y sus obras muestran las inflexiones propias de los énfasis de cada diálogo y, en especial, de cada interlocutor.

 

 

 

 

 

No sabemos quiénes intercambian signos o palabras con la pintora; ella tampoco, pues no es de su interés mayor saberlo: son los trazos de ellos los que le importan, el color de sus gestos, el espesor de sus voces, el silencio que sigue. Es esto lo que traslada a la superficie plana de sus telas para explayar los vastos horizontes, los elevados cielos o los sinuosos periplos que tales diálogos van conformando, erigiendo los escenarios donde vendrán a expresarse los interlocutores que sí importan acá, que somos nosotros, tú, yo, ella misma, unos pocos a veces, muchos las otras ocasiones. Es entonces cuando la artista toma el lápiz y hiende estas superficies de colores insondables para asignarnos un lugar en el tiempo, para desarrollar finalmente la ficción de la pintura, estableciendo desde el presente el pasado y el futuro, desplegando desde el plano bidimensional el espacio y el movimiento. Surgen así los personajes, surgimos todos fluyendo hacia el infinito, recibiendo la lluvia del cosmos, restableciendo el intercambio tangible con el Universo.

 

Hubo un momento en que Daphne Anastassiou quiso nos dedicáramos al nombre de esta muestra y pesquisamos el griego de sus orígenes. Surgieron términos como éctesis –profesión de fe–, diánoia –intuición de los principios últimos–, o ataraxia –tranquilidad del alma–, pero finalmente ella eligió la palabra que resumía a la vez que proyectaba todos sus propósitos: agapi, amor.

 

 

Mario Fonseca

Santiago, Chile, Octubre 2009

 

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Concepcion Balmes 2009

CONCEPCIÓN BALMES,  (2009)

 

«A través de un colorido musical y sensitivo, sus obras nos llegan como un aire fresco y primaveral. Sus composiciones están pobladas de personajes que se entretejen en la forma y el color, creando una trama que da luz a un universo original y dinámico.»

 

 

Pintora de sueños.

 

Sicóloga de profesión, Daphne Anastassiou es esencialmente una creadora, una pintora de sueños. Su trabajo, absolutamente inédito, nace de un proceso de desarrollo personal.

 

Daphne toma las herramientas de la pintura para iniciar una conversación con ella misma, un diálogo que va evolucionando y abriendo puertas, dando lugar a una obra muy interesante y auténtica.

 

Las pinturas de Daphne nacen en el límite difuso entre la realidad física y el mundo invisible. Para esta artista, las imágenes afloran como la concreción de sensaciones que vienen de su percepción sutil.

 

A través de un colorido musical y sensitivo, sus obras nos llegan como un aire fresco y primaveral. Sus composiciones están pobladas de personajes que se entretejen en la forma y el color, creando una trama que da luz a un universo original y dinámico.

 

El sentir humano está en el origen de prácticamente toda la obra de esta sicóloga que hace varios años trabaja en la pintura. Aquí el color y la composición son totalmente libres y operan como una suerte de ritual.

 

El ser es el centro y protagoniza la aventura pictórica. Este ser nace, se multiplica y se diversifica frente a nuestros ojos. El ser humano es el punto de partida, la creación primera que da origen a un universo cromático diverso, amarrado apenas por una sencilla y hábil grafica negra.

 

Lo humano y lo divino aquí y ahora. Una mujer, un hombre, una multitud, una vibración.

 

Después de ver estas pinturas nos queda un profundo sentimiento de amor.

 

El corazón y la autenticidad como valores fundamentales.

 

 

Concepción Balmes

Santiago, Chile, octubre 2009

 

 

 

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