Daphne | Edward Shaw 2010
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Edward Shaw 2010

EDWARD SHAW,  (2010)

 

«Su obra es una celebraciòn de la alegría, del color y la tensión de la forma.  La artista se entrega totalmente en el proceso y aspira hechizar  a los espectadores:  un encantamiento que conjure eternamente alegría y unión a partes iguales»

 

 

 

Edward Shaw

 

 

Pintando entre líneas.

 

Daphne recurre a su condición de mujer, su herencia griega, su conocimiento de la psicología y su talento en bruto para plasmar su esencia en la tela. El resultado visual de su rica experiencia es una vibrante muestra de creatividad cósmica que baila en armoniosas tonalidades de colores brillantes, a través de la superficie de sus pinturas.

 

Daphne  expresa su profunda sensación de alegría ante el poder del arte para enfocar el frenesí de sus sentimientos. La flexibilidad, el movimiento y el brío de la danza le dan carácter a sus pinceladas, a sus intenciones y visiones. Ella  busca inspiración más allá de los límites de su mente, de sus emociones y de su cuerpo: procura alcanzar aquel territorio donde todos los atributos humanos convergen en una búsqueda espiritual de  la comprensión.

 

La conquista de esta síntesis motiva su ansia por escarbar en los más profundos recovecos de su interior y permitir a su mano palpitar al ritmo que determine el resultado, transformando los materiales rutinarios de artista en un desfile de intervenciones cromáticas que convierten las ideas figurativas en diseños abstractos, y las intuiciones abstractas en símbolos velados de imaginería reconocible.

 

El resultado final de su invasión a una superficie otrora inmaculadamente blanca es el vistazo de una mujer sobre lo que en verdad importa: la resolución personal del eterno dilema del pintor a través del conocimiento de la técnica y la aplicación de las habilidades manuales.

 

Durante mucho tiempo, Daphne mantuvo su arte para sí misma, sintiéndose quizás incómoda de mostrar sus sensaciones más íntimas en la forma de sinfonías personales sobre una tela. La música y el movimiento toman parte en su composición, mezcladas en el contexto de ella misma como un ser sensible en constante movimiento. Distribuye sus colores en diseños que surgen de ese estado místico en el cual se encuentra en el momento de la acción, aquel instante en que la energía se convierte en arte.

 

No obstante, su trabajo no es un rompecabezas: no estamos aquí intentando encontrar formas reconocibles. Éste no es un juego como el de descubrir fugaces formas de animales en las formaciones fluctuantes de las nubes. La estructura surge a partir de las capas superpuestas del deseo de Daphne por informarnos de lo que siente, de lo que está intentando para contribuir a nuestro crecimiento, ya sea visual o emocional, a través del impacto que nos provocan sus pinturas al verlas por primera vez. La primera impresión es la que permanece, la que penetra más allá de los ojos de la mente. Lo que sigue es una forma de autocomplacencia visual, que procura un placer pasivo al gratificar nuestros sentidos. Sin embargo, Daphne apunta a una conquista instantánea, amor a primera vista.

 

 

 

La gente busca lo que puede reconocer en las pinturas figurativas. Necesita saber la cantidad de horas, de días que requirió el artista para terminar la pintura. La ética del trabajo prevalece, incluso en el arte. Al final de cuentas, los grandes artistas son una combinación de su talento y originalidad, y su habilidad para hacer sus pinturas lo suficientemente parecidas en estilo y contenido unas con otras, de modo que el observador promedio puede enviar a su cerebro el mensaje que está observando un Picasso o un Warhol. Daphne no está interesada en ese método; su formación la conduce por un camino diferente.

 

La abstracción pura es algo más. El atractivo es básicamente color y combinaciones de colores. Una composición adecuada pone los ojos a girar como una máquina tragamonedas hasta que la banda de símbolos se detiene en uno de ellos; cuando los tres símbolos en línea son iguales, ¡es el gordo! En términos de arte, esto sucede cuando las imágenes de un pintor abstracto se quedan grabadas en nuestra memoria visual. Tal como la pintura figurativa va del hiperrealismo al expresionismo libre, el arte abstracto va desde el hard edge al expresionismo; por ejemplo, el estilo de la Escuela de Nueva York en los ’50. Los dos enfoques pueden bifurcarse al tomar ingredientes de ambas recetas.

 

Daphne comienza en los límites de estos expresionismos gemelos. Sus pinceladas evolucionan hacia figuras apenas discernibles y nubes flotantes de color. Ella superpone ambos expresionismos de manera intuitiva, casi instintiva, sin mayores diseños preconcebidos. Muchos artistas empiezan con una idea racional de lo que quieren logran en la tela, sea esto una persona en cualquier grado de digresión de su figura, o una muestra de colores representándose sólo a sí mismos en una yuxtaposición de unos y otros. Muchos artistas dicen también que en algún punto la propia pintura tomará posesión del proceso y se convertirá en la fuerza orientadora detrás del resultado final. Es justamente esta combinación de propósito y permeabilidad la que permite al pintor capturar un destello de lo desconocido, de lo que no es posible ver en su trabajo.

 

Daphne sigue las fuerzas interiores que la impulsan hacia su búsqueda. Al enfrentar la tela en blanco, siente la necesidad de grabar determinadas sensaciones en la pintura. Y estas sensaciones son sólo eso, no son imágenes específicas. Espontáneamente, un chorro de color cubre una esquina, otro el centro, otro acaricia al primero, y el juego se pone en marcha. A medida que el color converge en la tela, la pintora concibe el embrión de una forma, una silueta. Lo afina y entonces ésta se convierte en una figura amorfa. Repite el proceso y las primeras manchas de color ya no pueden ser identificadas con claridad, han sido integradas al todo, hasta el trabajo final que en algún momento colgará del muro de una galería.

 

 

 

 

 

 

El proceso tiene un comienzo delicado, como una semilla que asoma su primer brote. El organismo crece y da sus frutos. Es en este preciso instante en el que Daphne quiere detener la evolución de su pintura. Un chispazo de intuición, una voz interior que grita “¡detente!”, y el pincel se detiene en el aire y aborta su encuentro con la tela.

 

El trabajo de Daphne es una celebración de la alegría del color y la tensión de la forma. La dicha aparente puede ocultar pesar, la tensión puede contraerse o disolverse. Daphne no puede identificar cada una de las emociones en su trabajo, como tampoco puede estar segura de cuál forma se está proyectando en la percepción del espectador. Ella se entrega totalmente en el proceso y aspira a hechizar a los espectadores: un encantamiento que conjure eternamente alegría y unión, en partes iguales.

 

 

Edward Shaw

Tunquén, Chile – Agosto, 2010

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