Daphne | Carlos Navarrete 2013
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Carlos Navarrete 2013

CARLOS NAVARRETE,  (2013)

«Y es que buena parte de la fuerza del color que habita en su obra proviene de su ser interior, siendo entonces su trabajo como artista visual el reflejo de esa luz que lleva dentro.»

 

 

 

Carlos Navarrete

 

 

La Fuerza del Color en la pintura de Daphne Anastassiou.

 

“En la percepción visual casi nunca se ve un color como es en la realidad, como es físicamente. Este hecho hace que el color sea el más relativo de los medios que emplea en arte.”

Josef Albers

 

Vivimos en un mundo lleno de colores y curiosamente optamos por ciertos cromatismos que no hacen sino que reducir el amplio universo que la naturaleza nos ha otorgado. El color es luz y como tal, su comportamiento depende de nuestra percepción y de cómo ellos comparecen ante nuestra mirada, la que siempre tiende a confundirnos precisamente por esa relatividad que tiene este fenómeno cuando deseamos capturarlo. El pintor alemán Josef Albers (1901-1995), dedicó gran parte de su vida al estudio de este fenómeno a la manera de una teoría cromática capaz de ser enseñada y en cierto sentido en un generoso intento por hacernos sensibles a esta manifestación. Tal vez por ello sus ensayos se hicieron populares a partir de los años cincuenta en la Norteamérica que a pasos agigantados mostraba su desarrollo al mundo, expandiendo su rango de operaciones más allá de sus fronteras. Este dato no menor, explica en parte, los viajes de este artista y su esposa Anni Albers (1899 – 1994) por Latinoamérica, buscando propagar este modelo de enseñanza y a la vez, estudiando nuestra cultura pre colombina.

 

Hace algunas semanas atrás recibí la invitación de la artista Daphne Anastassiou a visitar uno de sus talleres en el sector poniente de Santiago y al entrar en el amplio galpón industrial -que hace las veces de refugio para su arte-, la imagen de este creador germano vino a mi memoria como el santo y seña de un arte comprometido con la necesidad vital de expresarse a través de la fuerza del color. Ya que al hacer un rápido recorrido por el sector en donde ella afanosamente trabaja, cada uno de sus lienzos me parecieron certeros testimonios de una artista que busca en la energía cromática, retratar al ser humano en su estado más puro, me atrevería a decir que primigenio. De ahí entonces que varios de los trabajos ejecutados en gran formato, me fuesen mostrando como es la construcción de naturaleza humana y los estados de ella. A veces, llena de luz y pureza, en otras apegada a la tierra, e incluso en algunos trabajos me pareció observar la efigie de un ser en plena armonía con su entorno natural. Hecho este último que me condujo a pensar en la capacidad de la pintura de Daphne Anastasssiou por querer retratar cada uno de los estados del cuerpo humano y su alma con la osadía del color, sin por ello hacer que cada una de estas masas abandonasen su forma terrenal.

 

Durante mucho tiempo la figura de J. Albers sobresalió por sobre la de su esposa Anni, sobretodo si pensamos en la influencia que él ejerció como profesor en el Black Mountain College y luego en la escuela de arte en Yale (1). Sin embargo, hoy en día se hace evidente la importancia de Anni Albers en el arte de Josef y en la decisión de viajar por Sudamérica

 

 

(2).un ejemplo de ello es la bella producción de textiles con motivos geométricos, que la artista pacientemente fue trabajando a la sombra de su esposo, claramente inspirados en las geometrías pre colombinas, nativas de las naciones que el matrimonio había visitado. Esta actitud permite adentrarse en el nada despreciable mestizaje de la forma y el color venidos de nuestro paisaje a su forma de ver.

 

Al conversar animadamente con Daphne en su taller sobre sus motivaciones y fases creativas, uno de los aspectos que llamó mi atención fue el valor que ella otorgaba a la observación del ser, en un temple que iba más allá de lo religioso, político y económico. Porque su interés en retratarlo iba por el derrotero de captar no solo su esencia como persona, sino que también el apego de esta naturaleza humana a su paisaje, arquitectura o de modo más general al territorio. “Los colores sanan” (3), me espetó en una parte de nuestra conversación, y en cierto sentido al ver cada uno de los cromatismos en que están dibujados los cuerpos que habitan estas obras, es posible comprender el sentido de su aseveración y a la vez, como ella ha sido capaz de condensar la luz interna que llevamos con nosotros por medio del gesto y dinamismo que construyen su pintura.  De ahí entonces, no es de extrañar hallar obras en donde la intensidad de los colores estuviese contenida por los sueltos trazos ejecutados en pastel graso, como si con tal proceder la artista marcase un tiempo en la hoja de vida del retratado, a la manera de un diario de vida.

 

Al igual que el arte textil de Anni Albers, me pareció advertir en el gesto de Daphne un intenso deseo por ir tejiendo la historia del retrato de América a través de las temperaturas de su paisaje, reflejados en las siluetas de los cuerpos y torsos que animadamente se dejan ver en la superficie de la tela o los trabajos sobre papel.

 

También me sorprendieron pinturas en donde las capas de color estaban trabajadas como si se tratase la superficie pictórica -lino montado sobre madera- de un modo más cercano al grabado en metal o el arte de la orfebrería que la faena propia de un pintor de caballete. Ya que varias de las texturas, empastes y desgastes que lucen algunos de sus trabajos, son posibles gracias a este conocimiento lejano, a las aguadas y veladuras propias de la vida al interior del taller de pintura. Lo anterior, de una manera sintomática, la acerca a la obra de J. Albers, porque muchos de sus trabajos de la serie “Homenaje al Cuadrado”, fueron realizados sobre masonita -madera aglomerada-, para dar más coherencia al estudio cromático planteado, en un sentido de hacer visible la masa del color y su relatividad ante nuestra observación.

 

Por lo mismo si pensamos en la pintura como un lenguaje dedicado al color, descubriremos con sorpresa que son pocos los artistas que han dedicado sus esfuerzos a este acápite. Además de los artistas ya citados debemos mencionar las figuras ineludibles de Paul Gauguin (1848-1903) y Henry Matisse (1869 – 1954), quienes hallaron en el exotismo del paisaje -Tahiti y Marruecos, respectivamente- el camino para iluminar los

 

 

 

retratos y paisajes que pueblan lienzos. Algo que la pintura de Daphne Anastassiou ha sabido beber, viajando de un taller a otro. Es decir,  desde el sol intenso de la tarde en su estudio en Mapocho a la luz diáfana y brillante de su espacio en Vespucio Norte, transitando en este ir y venir en una urbe cegada por el gris del asfalto y el macizo andino.

 

Hecho que me lleva a sostener que en el trabajo pictórico D. Anastassiou se evidencia la notable  reflexión de Oskar Schlemer cuando señala: “creo que buena parte de mi desasosiego se debe a que me dejo fascinar en seguida y con gran facilidad por aquellas posibilidades fascinantes; de tal manera que creo llegar al todo”. (4)  Y es que buena parte de la fuerza del color que habita en su obra proviene de su ser interior, siendo entonces, su trabajo como artista visual el reflejo de esa luz que lleva dentro y al mismo tiempo, el deseo de comprender la naturaleza humana por medio del cromatismo en un estado de máxima intensidad, tal vez como el gesto de exaltar el fuego -luz-, que hay dentro de cada uno de nosotros. Dado que para ella, el desasosiego de estos cuerpos en los lienzos, son a fin de cuentas el vivo retrato de una artista que celebra la vida como un evento digno de ser anunciado.

 

Carlos Navarrete

Santiago de Chile, noviembre  2013

 

 

 

Notas :

 

1.- En estricto rigor, Josef Albers luego del cierre de la BAUHAUS en Alemania emigró a Estados Unidos, convirtiéndose en profesor del Black Mountain College desde 1933 a 1949. Luego de 1950 a 1958 fue profesor en el departamento de Diseño en la Universidad de Yale. Residiendo hasta su fallecimiento en New Haven.

 

2.- En su cronología de viajes se debe destacar: en 1939, Josef y Anni Albers viajan a México, luego en 1941 pasan un año sabático en Nuevo México y México. En 1968, Josef Albers obtiene el gran premio en la III Bienal Americana de Grabado, realizada en Santiago de Chile. Para una mayor información sobre el particular, véase : http://www.albersfoundation.org

 

3.- Carlos Navarrete en conversación con la artista. Noviembre. Santiago, Chile

 

4.- Oskar Schlemer, “Diario 25 de junio de 1923” en Escritos sobre Arte: pintura, teatro, danza, cartas y diarios. Ediciones Paidós. Barcelona, 1987. p.68

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